domingo, 31 de agosto de 2014

                                                                                              Todo es muy difícil antes
                                                                                              de ser sencillo.
                                                                                                                 Thomas Fuller


Me llamo Carmen.

            Mi hija Rosarito nació con un problema muy notorio en sus dientes. Tanto me habían hablado del Doctor Gianantonio, que la llevé para que la viera. La revisó con cuidado extremo y dijo:

-         Bueno, esta niña necesita solamente una buena ortodoncia.
-        ¿Alguien que me recomiende, doctor?
-     Hay muchos profesionales muy buenos. Está Mendoza, Rodríguez.....Carpo también, que es excelente pero mmmm...tiene arrugas verticales ...- comentó pensativo.
-         ¿Perdón?
-      Digo que tiene arrugas verticales en la frente, y ésas son personas medio malhumoradas. 
    Como el tratamiento de Rosarito va a ser largo, mejor que vaya con alguien que le dé gusto ¿no le parece?
Y dio por terminada la consulta.


viernes, 29 de agosto de 2014

“Yo considero un crimen matar la esperanza...Hay que lograr que los padres la dimensionen también, es decir que la esperanza debe estar proporcionada a la realidad…Finalmente, el único animal que tiene este sentimiento es el hombre. Los animales y otras especies no tienen esperanzas. Nosotros vivimos en gran medida de esperanzas y las renovamos cada mañana. No deben matarse estas esperanzas.

Si esta esperanza la analizamos en base a algunas anécdotas podremos ver que difícilmente se agota en su totalidad. Yo recuerdo hace mucho tiempo en un hospital de Estados Unidos a una señora muy anciana con cáncer, con metástasis generalizada. Ya estaba internada esperando su muerte. Pero un día, al hacer los médicos el pase de sala, les pidió que la ayudaran a poderse llegar hasta la casa de su hijo que se casaba en dos días y les dijo: “Éste es mi único hijo y quiero acompañarlo en la fiesta”. Todos la ayudaron, se la transfundió, se la mejoró para que pudiera acudir a esta ceremonia y a la vuelta la esperaban ansiosamente para ver como había andado todo. Ella estaba emocionada y contenta y agradecida por esa posibilidad. Sin embargo cuando la llevaron a su habitación de muerte se dio vuelta y le dijo al jefe del servicio: “Doctor, no se olvide que dentro de cuatro meses se casa mi única hija”. Esto muestra hasta dónde la esperanza tarda mucho en morir, aun en personas ancianas que ya son conscientes del fin de sus días.

Hace poco tuvimos una niñita en nuestro servicio condenada a muerte por un padecimiento que le decía a la mamá: “ Juntemos el dinero que nos queda y vayamos a dar una vuelta al mundo”. En las etapas finales de su existencia seguía diciendo lo mismo pero ya no se animaba a pedir una vuelta al mundo, sino sólo una vuelta a la manzana.”
Carlos A. Gianantonio

(Extraído de “El niño críticamente enfermo". Sobre idea de la Sociedad Argentina de Pediatría. Realizada por CIBA-GEIGY Argentina. División Farmacéutica).

miércoles, 27 de agosto de 2014

                                                                                  Las cosas puramente bellas son solitarias
                                                                                  como el dolor del hombre.
                                                                                                          Marguerite Yourcenar


            Ese día había sido terrible en la unidad de neonatología del hospital. El lugar parecía impregnado de desinfectante, angustia, urgencia.. No, en realidad era un lugar de desinfectante, angustia y urgencia.
            Las incubadoras que contenían a esos chiquititos que aún deberían haber estado plácidamente abrigados en el vientre materno eran prisión y salvación a la vez. Las madres y los padres, sorprendidos ante ese giro inesperado de la historia, intentaban abrazar a sus hijos con el perfume, la mirada, la canción. Trataban de aprender la destreza de las enfermeras al cambiar pañales, colocar sondas, mover a sus hijos. Querían hacerlo ellos mismos. Estaban alertas al paso del médico para preguntar ¿Cómo lo ve? O cualquier otra cosa, con tal de calmar la ansiedad.
            El Doctor Gianantonio no tuvo resuello. Doctor por acá. Doctor por allá. Disculpe Doctor...pero...permítame Doctor...Todo, todo parecía salido de cauce. Él , con su habitual aplomo, atendía las inquietudes de profesionales y padres como si cada uno de ellos fuera el único, el primero, el más necesitado.
            Ya alrededor de las diez de la noche y casi a regañadientes todo empezó a serenarse. Los ruidos se aquietaron, como así también el ir y venir de médicos y enfermeras. La batalla cotidiana pareció tomarse una tregua y todo se acalló, salvo los bip-bip de los aparatos que custodiaban cada incubadora, creando una extraña sintonía con el ritmo porfiado de la vida.
            El Doctor Gianantonio suspiró, cansado. Fijó su vista en el piso por unos segundos, luego, embebió un trapo en desinfectante y lenta, cuidadosamente, comenzó a limpiar el piso.


lunes, 25 de agosto de 2014


                                                                                 La custodia solidaria de la dignidad del
                                                                                 prójimo es un requisito indispensable
                                                                                 para que la vida resulte
                                                                                 una profesión de fe.
                                                                                                                    Norberto Firpo


Soy Francesca.

            A mí no me importaron las explicaciones científicas de por qué sucedió. Pero sucedió. Miguel, mi primer hijo, presentaba unos síntomas que nadie alcanzaba a definir hasta que el Dr. Gianantonio lo hizo: ipsarritmia. ¿Qué era eso?
- No lo va a poder educar - fueron sus contundentes palabras, manteniendo la mirada, soportando mi angustia, animándose a habitar ese dolor ajeno.
            Y de allí en más me acompañó en cada instancia del difícil camino de Miguel y mi familia. Yo dedicaba alma y vida para hacer que cada uno de sus días fuera lo más placentero posible. Tuve dos hijos más y puse mucho empeño en forjar una familia como todas.
            Amaba a todos mis hijos intensamente, pero Miguel era mi desvelo. Para mí significaba la medida exacta de todas las cosas, el amor generoso en acción. Era el sentimiento más puro que había conocido: dar, dar, sin esperar recibir.
            Después de muchos años, cuando Miguel falleció en mis brazos, así, durmiendito nomás, me sentí morir también. Quedé suspendida en un horror que no me permitía sentir nada. Una vez que me recompuse un poco, llamé a su neurólogo para darle la noticia. Su respuesta fue "Me imagino que se sentirá aliviada". Otro abismo. Otro horror.¿Y dónde estaban mis lágrimas?
Luego lo llamé al Doctor Gianantonio, quien, con un quiebre en la voz sólo dijo:
-         Cuánta pena...
 Sentí como si me hubiera abierto esa puerta hasta entonces inaccesible para empezar a transitar el duelo insoslayable. En ese momento, pude empezar a llorar.



domingo, 24 de agosto de 2014

                                                                 

                                                                  Cualquiera puede aniquilar lo infinito en un instante
                                                                                                                    Antonio Porchia



Soy Susana.

            Sentada en un añoso sillón de madera oscura instalado en la sala de espera, me dolía el vientre, tan tempranamente deshabitado. Recién había sido dada de alta: “Semiplena prueba de que su hijo tiene una enfermedad genética que, en términos simples, es la incompatibilidad con la vida. Un año de vida, como mucho”.
            Recordaba esa escena una y otra vez en sus más mínimos detalles...los médicos neonatólogos con sus graves miradas, las imágenes borrosas aún por la anestesia de la cesárea practicada a los seis meses de gestación, y esa luz tan blanca que me sumía en una oscuridad aún más patética...
            De pronto, se abrió una puerta y mi mente volvió al consultorio. Ahí estaba el Dr. Gianantonio.  ¿Así era el famoso doctor? Pero la rara mezcla de agudeza y bondad que vi en sus ojos, me hicieron confiar inmediatamente en él, por lo que le conté todo lo ocurrido.
-... Pablito aún está en la unidad de neonatología pero en la desesperación, tomé la historia clínica para mostrársela. Tome.
Él puso los papeles a un lado y dijo, “Dejemos esto para después. Cuénteme usted.”
-         Yo siento...¿cómo decirlo? ...que la vida está instalada en Pablito.
-         ¿Está usted produciendo leche para amamantarlo?
-         Sí.
Sólo en ese momento, tomó la historia clínica y luego de echarle un vistazo, dijo en forma campechana:
-         Mire señora, este diagnóstico es un disparate, pero usted ya está dañada de por vida y no va a creer lo que le estoy diciendo. Cuando su hijo tenga una tos, una simple tos, usted va a pensar que es el principio del fin . Mañana voy a verlo y le pido perdón en nombre de la medicina.
Al día siguiente, repitió estas palabras delante mío y de  los médicos que habían realizado el diagnóstico.
Hoy Pablito tiene diez magníficos años. Para nosotros, sus padres, él nace todos los días. Pero yo estoy siempre alerta, por si aparece esa tos, esa simple tos.




sábado, 23 de agosto de 2014



En la sala de espera siempre había padres cargando a sus chicos con la mirada triste, abismada, pero al salir del consultorio esos mismos padres aparecían erguidos, esperanzados, potenciados. Llevaban a sus hijos con brazos nuevos, impregnados de orgullo y de amor. ¿Qué hacía el doctor allá adentro? ¿Qué rara alquimia se producía detrás de esa puerta?

Por supuesto, esos padres habían recibido respuestas, diagnósticos, tratamientos. Sí, claro.
Pero esa sensación de alivio y proyecto que transmitían ¿cómo se había generado?

A mi parecer, habían recibido además el más noble de los gestos humanos: la compasión. 
No la lástima ni la banal caricia. La compasión.

Bien dice J.M. Cabodevilla que la experiencia misma del dolor acaba siendo siempre una experiencia de soledad porque crea un foso entre el ser que sufre y los que están junto a él, un foso excavado por la impotencia para compadecer más allá de cierto límite, pero hasta ese mismo límite se aventuraba el Dr. Gianantonio.

Dar de sí era un acto de empatía cuyos beneficiarios finales eran los chicos. Siempre los chicos. 




jueves, 21 de agosto de 2014


                                                                                              Es imprescindible retornar cuanto
                                                                                                                             antes a nuestro compromiso con
                                                                                                                             la vida y la felicidad, la nuestra
                                                                                                                             y la ajena, con simplicidad y
                                                                                                                             firmeza.
                                                                                                                                             Carlos A. Gianantonio


Mi nombre es Teresa.

               Agustín y yo llevamos a Luisito al Doctor Gianantonio para ver qué pensaba de su problema gástrico. 
            Sus diagnósticos eran famosos por lo certeros, por ser una mezcla de conocimiento y fina percepción. La frase “me lo dijo Gianantonio” era un dictamen casi irrefutable, un aval en sí misma. Cuando entramos a su consultorio, recuerdo que puse mis manos crispadas de angustia sobre el escritorio, junto con sobres llenos de radiografías, estudios, diagnósticos, órdenes médicas. El Doctor Gianantonio los revisó con cuidado y concentración.
            Sin emitir palabra, examinó a Luis con delicadeza, casi a distancia, con una sonrisa benigna, plasmada de respeto ante esa vida en estreno. Todo era silencio y expectativa.  Agustín y yo nos tomamos de las manos apretadamente, como una cábala.
            El Doctor Gianantonio levantó la cabeza y en tono liviano, como adivinando el peso de nuestra aflicción comentó: “Está todo bien”. Y luego de sugerir los pasos a seguir para solucionar el problema de nuestro hijo y augurándonos buenos resultados agregó, casi con orgullo de familia:
-         Además va a ser muy inteligente este niño.
Yo, más tranquila, me sorprendí ante estas palabras  y respondí con una pregunta:
-         ¿Cómo puede saber eso si tiene apenas diez meses?
-         ¿No ve el remolino que tiene aquí? - contestó, apuntando con su dedo la cabecita de Luis, como  prueba incontestable de su afirmación.
            Yo sonreí, entre divertida y aliviada y Agustín se hinchó como un sapo, de orgullo nomás.

            Luisito debió atravesar varias operaciones reparatorias. Pero contaba con el amor y el orgullo de sus padres. Y resultó ser muy inteligente...y difícil de peinar.

miércoles, 20 de agosto de 2014

                                                                                        



                                                                                        La ciencia ha madurado lo suficiente
                                                                                         como para respetar a la naturaleza.
                                                                                                               Ilya Prigogyne


En un cálido mediodía de verano, desnudo de sombras y empeños, Ana, la secretaria del Dr. Gianantonio descansaba plácidamente en una silla de paja, de ésas que se ven en todas las playas argentinas, tan coloridas e incómodas.
            A su lado, otra señora le conversaba de bueyes perdidos. Ana, no prestaba mayor atención y cada tanto murmuraba un educado “Ajá”.
            De pronto, la verborrágica señora comenzó a hablar del Dr. Gianantonio.
-         Yo no sé porqué tanta historia con este doctor. Todo el mundo se llena la boca diciendo que es una eminencia, que es lo mejor, que vienen de todas partes a verlo, que plin, que plan, y sin embargo cuando Esteban, el más chico mío estuvo tan mal el pobrecito, con unas ojeras hasta acá, pálido como la muerte, fui a verlo. ¿Querés que te diga? No me pareció tan inteligente.
-         ¿Qué te dijo? – preguntó Ana, que había sacudido su modorra.
-         Que lo llevase al verde. Eso me dijo nomás: ¡Al verde!
-         ¿Y? ¿Lo llevaste?
-        
-         ¿Y?
-         Se curó.



domingo, 17 de agosto de 2014

Hola,

El nombre de este blog corresponde a una frase que el Dr. Carlos A. Gianantonio solía repetir.

Hay indicios que dicen de nosotros. Ya sean nuestros logros, o nuestras aspiraciones, nuestra reacción ante las adversidades, nuestra trayectoria, nuestros gustos, y podría seguir indefinidamente. Al Dr. Gianantonio no encuentro otra forma de describirlo mas que a través de sus actitudes más mínimas. Porque allí mismo gravitaba todo su ser. Cuando dio vuelta la última página de su vida dejó tras de sí su huella, que tocó a muchas vidas, entre ellas la de mi hijo y la mía propia. Mi intención es preservar al menos un bosquejo, por fuerza parcial, de este legado.  


Las breves crónicas que siguen, fruto de una serie de entrevistas a madres y padres que lo consultaron, sólo pretenden definirlo a través de esas actitudes mínimas. No tienen otro valor más que el de ser reales. Sólo he cambiado los nombres de sus protagonistas.

Espero que disfrutemos juntos el trayecto y los invito a que compartan sus experiencias o sus anécdotas.

Claudia

Para quienes no lo conocieron,  algo de su vida:


CARLOS ARTURO GIANANTONIO  
Una insolentemente breve reseña -
-         Nació el 19 de agosto de 1926 en una familia de clase media, que le inspiró amor a los seres y las cosas.
-      Su abuela materna que era obstetra, recibida en la Universidad de Florencia, trabajaba muchísimo y compartía largas charlas con el pequeño Carlos.
-         Se recibió en el Colegio Salesiano Santa Isabel con medalla de oro.
-    Cursó  sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina de la U.B.A. 
-         En 1953 recibió el premio Guillermina de Oliveira César de Wilde al mejor estudiante de medicina de todos los hospitales de la ciudad de Buenos Aires.
-         El 5 de julio de 1955 se recibió de médico con las más altas calificaciones.
-         Ese mismo año, viajó a los Estados Unidos con una beca del St. Christopher’s Hospital for Children
-       A su regreso, y durante 21 años (1957-1978) se dedica en forma exclusiva al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.
-         En octubre de 1958, crea la primera Residencia Pediátrica del país en el Hospital de Niños.
-    Entre 1958 y 1970 se desempeñó como becario de investigación principal y luego investigador principal en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Allí estudió el Síndrome Urémico Hemolítico (S.U.H.) y sus estudios permitieron caracterizarlo una entidad patológica definida.
-         En 1970 es designado Director del Centro de Estudios Pediátricos del Hospital de Niños.
-         En 1976 ocupa la dirección del Departamento de Medicina
-   En 1979, ante la cesantía impuesta a varios de sus colegas, presenta su renuncia y crea el Departamento de Pediatría del Hospital Italiano de Buenos Aires.
-     En 1985, Gianantonio organiza el Comité de Ética en el Departamento de Pediatría del Hospital Italiano, centrado en la problemática del paciente y no solo en aspectos ético-filosóficos.
-    A su iniciativa se debió la creación de la primera sala de juegos para niños internados donde trabajaban psicólogas y pedagogas, permitiendo que los pequeños enfermos se expresaran y calmaran sus miedos y angustias.
-         Fue Presidente de la Sociedad Argentina de Pediatría entre 1984 y 1987.
-         En 1986 fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires
-         En 1989 fue incorporado como miembro de número a la Academia Nacional de Medicina.
-   A propuesta del Dr. Gianantonio, en 1991 se instrumenta el programa de certificación y re-certificación.
-         Carlos Arturo Gianantonio falleció el 21 de octubre de 1995.