La
mujer cree en los milagros
porque
ella los hace.
André
Maurois
Mi nombre es Cristina
Yo
me casé muy joven y tuve mi primer hijo a los 20. Ignacio se llama.
Nacho
tenía cuatro años y ya lo habían operado un montón de veces de sus rodillas y
sus pies. El pobre tenía que aguantar meses con unos yesos incómodos y
molestos. Lo soportaba todo con una entereza increíble pero, claro, las heridas
y los yesos dolían, y mucho.
Cuando
hubo que operarlo otra vez más, tendría cinco años en ese momento, le fui a
preguntar al Dr. Gianantonio qué podía hacer con los dolores.
-
Nachi se banca bien las operaciones – le dije – pero
sufre mucho en los días siguientes y mientras tiene los yesos. No sé cómo hacer
para que no le duela tanto. ¡Los calmantes no alcanzan!
-
Mire, yo en su lugar, tendría a mano un tecito o una
golosina a la que usted le atribuya el poder mágico de aliviar el dolor, pero
lo importante es que Ignacio sienta que se lo da como el último, el supremo
recurso.
La verdad, yo no estaba muy
convencida con lo que me dijo, pero igual, perdido por perdido, me dije, lo voy
a intentar.
Una
vez en casa después de la operación, Nacho empezó a quejarse. Para mí, verlo
sufrir y no poder hacer nada era lo peor que me podía pasar. Se me secaba la
boca, se me hacía un nudo en el estómago y rezaba y rezaba con desesperación.
Me acuerdo que ponía mi cabeza al lado de la suya para que me
"pasara" el dolor a mí. ¡Loca estaba! Le di el calmante que me dio el
cirujano y por suerte, el dolor disminuyó un poco pero Nachito, que no era de
quejarse, seguía llorando. En ese momento, junté coraje y, tratando de sonar
convincente, le dije:
-
Bueno Nachi, creo que te duele tanto que te voy a dar
un té muy especial para curar los dolores, pero tenés que tomarlo traguito a
traguito para que te haga efecto.
Nachito
me miró ilusionado y estaba muy ansioso: quería que le preparara el té cuanto
antes. Se lo llevé en una taza de porcelana lindísima que había heredado de mi
abuela. Lo hice todo como un rito. Cuando terminó de tomarlo, se acostó en la
cama y empezó a respirar más tranquilamente.
La
mañana nos sorprendió apaciblemente abrazados y dormidos.