martes, 30 de septiembre de 2014



20 DE SEPTIEMBRE DE 1995


Sociedad Italiana
De Beneficencia en Buenos Aires
HOSPITAL ITALIANO  


Sra. Claudia:

            Tan sólo unas líneas para agradecer su carta.

            Confío en que Martín esté avanzando en la solución de su problema ortopédico, tal como es de esperar.

            Deseo también hacerle saber que no pienso retirarme de la práctica de la medicina...

            En cuanto a mi tarea privada y mi compromiso con la docencia y la investigación,
nada ha de cambiar.

            Reciba mi cordial saludo.

                                                                         Dr. Carlos A. Gianantonio



domingo, 28 de septiembre de 2014

10 DE SEPTIEMBRE DE 1995



Estimado Dr. Gianantonio:

            Le escribo estas líneas ante los “insistentes rumores” de su retiro de la práctica médica. Su conversación con Martín parecieron confirmarlo. Como si le dijera, “Ahora podés seguir vos solo" o algo así...Como una despedida.

            Desconozco si esto es así, pero me sentiría mal si en este momento no le transmitiera no sólo mi gratitud sino también todo lo que he aprendido en las ocasiones en las que hemos conversado.

            Usted me enseñó a confiar en mis percepciones, que la ética no es un delantal almidonado sino cuidado del otro, compromiso con el otro. En la intemperie de mi lucha sin cuartel, he sentido su generosidad como un cálido abrigo. Me siento privilegiada por haberlo conocido – otro de los bienes que Martín me ha brindado.

            Hasta pronto.
           
            Un fuerte abrazo,        

                                                                                       Claudia



sábado, 27 de septiembre de 2014

                                                                                                              La muerte no es más que un cambio
                                                                                                              de misión.
                                                                                                                                             León Tolstoi


Soy Claudia

            El Doctor Gianantonio había sido sometido a una intervención hacía escasas dos semanas. No trabaje tanto, había sido la firme recomendación de sus colegas. Él siguió, sin prisa y sin pausa, a sol y a sombra, comprometido, apasionado.

            En ese entonces, lo llevé a Martín a su visita semestral. Luego de la consulta, el doctor sentó a Martín, que ya tenía cinco años, frente a él y con voz de caricia le dijo:

-         Mirá Martín. Yo ya soy un señor grande y pelado, pero vos me enseñaste cosas muy importantes, sobre todo que vale la pena tanto esfuerzo, el tuyo y el mío también. Has superado un montón de dificultades, y aquí te tengo, sanito enfrente de mí. Te felicito. Ahora, a crecer y disfrutar m'hijo.

-          Yo tengo un video de Mickey que te va a encantar – contestó Martín en el mismo tono grave, en respuesta a no sé qué mutuo entendimiento.

           Las palabras del Dr. Gianantonio resonaron de una forma particular en mis oídos, especialmente por ese tono de suave tristeza que parecía contener un mensaje cifrado. Cuando llegué a mi casa, me senté a escribir la carta que reproduzco en la próxima página.

martes, 23 de septiembre de 2014

                                                                                                              La mujer cree en los milagros
                                                                                                              porque ella los hace.
                                                                                                                                             André Maurois


Mi nombre es Cristina

            Yo me casé muy joven y tuve mi primer hijo a los 20. Ignacio se llama.

            Nacho tenía cuatro años y ya lo habían operado un montón de veces de sus rodillas y sus pies. El pobre tenía que aguantar meses con unos yesos incómodos y molestos. Lo soportaba todo con una entereza increíble pero, claro, las heridas y los yesos dolían, y mucho.

            Cuando hubo que operarlo otra vez más, tendría cinco años en ese momento, le fui a preguntar al Dr. Gianantonio qué podía hacer con  los dolores.

-         Nachi se banca bien las operaciones – le dije – pero sufre mucho en los días siguientes y mientras tiene los yesos. No sé cómo hacer para que no le duela tanto. ¡Los calmantes no alcanzan!
-         Mire, yo en su lugar, tendría a mano un tecito o una golosina a la que usted le atribuya el poder mágico de aliviar el dolor, pero lo importante es que Ignacio sienta que se lo da como el último, el supremo recurso.
           
La verdad, yo no estaba muy convencida con lo que me dijo, pero igual, perdido por perdido, me dije, lo voy a intentar.

            Una vez en casa después de la operación, Nacho empezó a quejarse. Para mí, verlo sufrir y no poder hacer nada era lo peor que me podía pasar. Se me secaba la boca, se me hacía un nudo en el estómago y rezaba y rezaba con desesperación. Me acuerdo que ponía mi cabeza al lado de la suya para que me "pasara" el dolor a mí. ¡Loca estaba! Le di el calmante que me dio el cirujano y por suerte, el dolor disminuyó un poco pero Nachito, que no era de quejarse, seguía llorando. En ese momento, junté coraje y, tratando de sonar convincente, le dije:

-         Bueno Nachi, creo que te duele tanto que te voy a dar un té muy especial para curar los dolores, pero tenés que tomarlo traguito a traguito para que te haga efecto.

            Nachito me miró ilusionado y estaba muy ansioso: quería que le preparara el té cuanto antes. Se lo llevé en una taza de porcelana lindísima que había heredado de mi abuela. Lo hice todo como un rito. Cuando terminó de tomarlo, se acostó en la cama y empezó a respirar más tranquilamente.

            La mañana nos sorprendió apaciblemente abrazados y dormidos.


lunes, 22 de septiembre de 2014

                                                                    Un gran hombre sólo tiene una preocupación:
                                                                     hacerse lo más humano posible.
                                                                                                                   André Gide                                                   
                                                                                                                          



Mi nombre es Martina.
Habían pasado quince días desde la operación de Gabrielita. Una de las tantas a las que había sido sometida en sus escasos cinco años. Yo no podía creer que ya todo había pasado. Los riesgos, los miedos, los dolores, las noches de vigilia, la soledad del hospital por la noche. La noche. Pensé en la noche como un hada perversa que llena de orfandad a todos los  que comparten el desvelo.
            Cuando la llevé para el control, con la esperanza de que me dieran permiso para pasearla, escuché con estupor que había que intervenirla nuevamente... y en forma inmediata. La pesadilla otra vez.
               Con infinita zozobra, recurrí al Dr. Gianantonio, que ya estaba al tanto de lo ocurrido.
-         Mire señora, esta intervención ha tenido malos resultados. Debemos sacar a su hija de esta situación, y cuanto antes, mejor. Ella tiene suficiente salud física y emocional para resistirlo - dijo, interpretando mis miedos.
Vencida, le dije al doctor que quería sacar a Gabriela cuanto antes del hospital después de la operación.
-         Se lo prometo – fueron sus palabras.
Pasados dos días de la segunda operación, llamé al médico de guardia y le pedí que le
sacara el suero a Gabriela. Nos vamos, le dije.
-         No, señora. Es imposible.
-         Nos vamos- insistí.
El Dr. Gianantonio, que acababa de entrar, fue directamente a revisar  a Gabrielita y dijo:
-         Sáquenle el suero. Esta niña se va. – ante la atónita mirada del médico de guardia.
Cuando llegamos a casa, las paredes estaban cubiertas de guirnaldas y de carteles que

decían “Bienvenida, Reina”. Y Gabrielita comenzó a sonreír otra vez.

viernes, 19 de septiembre de 2014

                                                                       
                                                                                                                             El olfato del genio consiste en
                                                                                                                             localizar esas cosas singulares
                                                                                                                             que contienen lo universal.
                                                                                                                                                      Jean Guitton


Mi nombre es Magda.

            Nicolás, mi hijo menor, siendo apenas un bebe tenía unos raros accesos en los cuales lloraba sin parar, cambiando hasta el color de su tez a un rojo intenso.

            Como ya habíamos atravesado situaciones muy dolorosas con la enfermedad terminal de mi hijo mayor, yo estaba asustadísima  y decidí acudir al Dr. Gianantonio. Luego de escuchar mi relato, ubicó Nico en la camilla con su cabecita hacia la derecha.

            Luego le giró la cabeza con extrema suavidad hacia la izquierda. Nicolás la giró hacia la derecha. Una vez más, el doctor le giró la cabeza hacia el lado contrario y Nicolás volvió a girarla hacia la derecha. El doctor la giró nuevamente y allí surgió el incontenible llanto. Entre gritos y lágrimas, la carita de Nico parecía a punto de explotar.

            El doctor Gianantonio sonrió y me dijo:
-No se haga problema, Magda. Es llanto espasmódico. Un arma de extorsión de este sinvergüenza. Que Dios la ayude para criarlo, ¡porque este chico va a ser de bravo!



jueves, 18 de septiembre de 2014



Porque en definitiva, ¿qué fue lo que me impulsó a entrevistar a tantos padres que habían consultado al Dr. Gianantonio? ¿qué me hace escribir este blog que en realidad es un libro ya escrito hace algún tiempo, un libro que yo no escribí sino que estaba escrito en mí?

El asombro. Antes de entrar en contacto con este médico, yo nunca había conocido a alguien que dedicara su vida entera y sin concesiones a lo que consideraba su misión. Personalmente, me maravilló ver a una persona que resguardaba la dignidad del otro como algo casi sagrado, y que lo hacía en forma espontánea. Al relacionarse con los demás, la ética y la empatía tomaban cuerpo y creaban una dinámica virtuosa entre ambas partes.

Obviamente, por ser pediatra, se movía en el mundo del dolor y especialmente del dolor de los chicos. A todos nos conmueve que los chicos sufran. Íntimamente, nos escandaliza y nos subleva. Pero el Dr. Giananatonio pareció encontrarle la vuelta, poniéndose a trabajar para acompañar, cuidar y tratar de curar.

Compadecer con las manos, lo llama Martín Descalzo.


J.L. Martín Descalzo, periodista y escritor.

sábado, 13 de septiembre de 2014



                                                                                                    La vida tiene su valor sólo cuando hacemos
                                                                                                     que valga la pena vivirla.
                                                                                                                                                             Hegel

Soy Mónica

            Imagino que no es lo habitual que se presente un papá solo a la consulta, pero justo ese día yo estaba enferma y entonces fue Alberto, mi marido, que después me contó la entrevista. Según Alberto, el Dr. Gianantonio se dio cuenta inmediatamente de que estaba desbordado por la angustia. Aunque es un hombre alto y elegante y ese día llevaba un traje impecable, yo que lo conozco sabía que estaba tan armado por fuera como desarmado por dentro.

            Nuestro hijo había nacido con un sindrome genético bastante desconocido, con lo cual no se podía saber a ciencia cierta cuál sería su futuro. Alberto entró en el consultorio como una tromba, y apenas se sentó, comenzó a drenar su frustración, su dolor y su miedo.

            El doctor lo escuchó sin interrumpirlo y hasta lo alentó a que dijera todo lo que sentía. Cuando se produjo el primer silencio, nada dijo. Alberto retomó su relato como si no hubiera sido suficientemente clara la forma de expresar su desesperación. Luego de unos segundos de silencio, el Dr. Gianantonio lo miró fijamente a los ojos, con ese respeto humano que siente sólo aquél que verdaderamente empatiza con el otro y simplemente le dijo:
-         Tranquilo. Vamos a acompañar a Carlitos en su desarrollo y se hará todo lo necesario para ayudarlo.
Y agregó como distraídamente:
- ¿Sabe Alberto? Hay dos maneras de sufrir: Sufrir bien o sufrir mal y vale la pena afiliarse a la más útil, créame.

martes, 9 de septiembre de 2014

                                                                                                                             Quien busca en su bien un bien 
                                                                                                                             mayor pierde su bien.
                                                                                                                              Antonio Porchia


Me llamo Isabel.

                        Yo puse a disposición de Sebastián, mi segundo hijo que había nacido con una parálisis cerebral, todo lo que tuve a mi alcance: amor, cuidados, especialistas de todo tipo. Kinesiólogos, terapeutas ocupacionales, fonoaudiólogas, todo lo pensable. Y lo impensable también.

            Pasaban los años, pero yo seguía, a veces más allá de mis propias fuerzas. Era una fiebre, una obsesión. Hasta que un día, no sé si de puro cansancio, tuve una epifanía. Aún sorprendida conmigo misma, fui a consultar al Dr. Gianantonio que siempre me ayudaba a pensar y sobre todo, a pensar en beneficio de Sebastián.

-         Doctor. Estuve pensando mucho. Estoy agotada, mi hijo también… ¿Cómo sería Sebi sin tantos tratamientos?

-         El que es – me contestó, sin más.

lunes, 8 de septiembre de 2014



"¿Qué se pide a los médicos, a los pediatras que aquí vivimos? Asombro, capacidad de asombro ante la riqueza inigualable de la vida. Se pide un sentimiento que parece agostarse por inanición o desplazarse hacia valores secundarios. Este asombroso, candoroso asombro, es el prerrequisito para la curiosidad (así está hecho el hombre) por entender, por descifrar. A la curiosidad sigue el interés en lo que se tiene por delante y este interés termina en el compromiso. El compromiso con la vida, con cada vida y con la fuente de la vida, la naturaleza, de la cual somos parte. A los pediatras, como expertos en vida joven, los tiempos nos están pidiendo asombro, curiosidad, interés y compromiso.

Hay un autodiagnóstico previo que es de una enorme importancia. Este diagnóstico de los padres, que no figura en ningún libro de medicina, tiene un período de observación muy prolongado que nace de una relación con ese niño desde antes de nacer.

Es imposible disociar los problemas que plantea el individuo enfermo de sus derechos humanos, que están implícitamente comprometidos y en riesgo cada vez que ese individuo pide ayuda."

Carlos A. Gianantonio.

Publicado en http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=15763&pagina=6

viernes, 5 de septiembre de 2014

                                                                                                              Si mirásemos siempre al cielo
                                                                                                              acabaríamos por tener alas.
                                                                                                                             Gustave Flaubert



Soy Lucrecia

            Era mi segundo hijo ¿Cómo podía ser tan diferente al primero que era tan bonito, tan sano? No, este bebe no existe. Esto es un sueño. Esto no es verdad. Éste lo salteo y tengo otro. “Las fisuras del paladar se operan ¡Si hasta hubo un presidente con eso, por favor!”, me decían para consolarme. ¿Por qué me casé con Juan? ¿Por qué habré entrado a la sala de rayos aquella vez estando embarazada? Mi cabeza era como un remolino de pensamientos oscuros, patéticos, preguntas sin respuestas, culpas.

            Y la realidad se fue instalando poco a poco. La fisura de labio y paladar de Juancito era, dentro de su patología, la más compleja. Yo lo sacaba a pasear boca abajo para que nadie lo mirara.
- Pensá que tiene el corazón sano – le decía su pediatra.
- Pero el corazón no se ve.

            Yo lo comparaba con Tomás, mi primer hijo, y notaba que iba más despacio en su desarrollo: apenas crecía, comía poco, se movía lentamente. Sin darme cuenta, comencé a sospecharlo. Es sordo. ¿No será autista? Debe ser genético...

            Hasta que tomé una hora con el famoso Dr. Gianantonio. Como siempre, bañé a mi hijo, lo vestí todo almidonado, le puse colonia y lo llevé al consultorio. Luego de la revisación, me preparé para el veredicto.
-         Nicolás sólo tiene que ser operado de su malformación. Es muy sano y muy inteligente, pero ha sufrido mucho, física y emocionalmente. Desde que nació este niño vio mucho dolor en sus ojos, señora, el dolor de la no aceptación. Él no crece porque no quiere crecer. Deje de limpiarlo y pulirlo. Acéptelo así. Deje que juegue como él quiera, que se ensucie. Déle tiempo. Confíe en él.

            Cuando salí del consultorio, nutrida de asombros, busqué con urgencia el espejito dentro de mi cartera, y al contemplar mi mirada, descubrí que el Dr. Gianantonio tenía razón. Ese día cambié. Cambié para siempre, y para bien de Juancito, que ya se casó y tiene tres hijos.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

                                                                                     Las ideas deben estar constantemente
                                                                                     puestas al servicio del consuelo
                                                                                                 José Ma. Cabodevilla S.J.



Mi nombre es Inés.

            Yo sabía que tenía una especie de código en común con el Doctor Gianantonio: El del humor. Sabía, además, que contaba con él.
            Tengo una hija que nació con una enfermedad crónica que la obligaba a un control médico constante. Lo más difícil para mí era tratar de mantener en su espíritu el candor, la confianza y la alegría de la niñez. Tenía siempre presentes esas palabras tan repetidas por el Doctor: "En la infancia perdida de Judas, Cristo fue traicionado”.
            Al principio, tuvimos que realizar innumerables consultas médicas con especialistas. Yo me sentía abrumada y en uno de mis habituales impulsos, me fui al consultorio. El Doctor Gianantonio me hizo pasar inmediatamente.
-         Doctor. Usted es un problema para mí – le dije con cara de risueño enojo.
-         ¿Yo? ¿Qué le hice que no me di cuenta?
-         Es que usted me deriva a los especialistas y cuando me preguntan quién me manda y se enteran de que es usted, me llenan de estudios para hacerle a Mariana, y a esta altura, me pregunto si se trata de celo profesional o de “hacer los deberes” con usted. Pero en el medio está mi hija, cada vez más cansada, más aterrada, más deprimida.
-         Comprendo. A ver. Muéstreme los estudios que le encargaron.
Una vez analizados, el Doctor me dijo
-         Señora, le agradezco que haya venido, porque yo no me daba cuenta de que esto podía suceder y de ahora en más lo tendré muy presente. En medicina, se le llama iatrogenia y la debemos evitar. Hoy voy a hablar con mi colega porque creo que sólo se necesita un estudio ¡Y perdóneme por favor, por haberle causado problemas!
Recuerdo cómo nos reímos los dos.



martes, 2 de septiembre de 2014


          
          "Recuerdo una situación que me enseñó mucho. Varios médicos, todos jóvenes y relativamente inexpertos, pero bastante informados y con muchas inquietudes, estábamos viendo un chico que tenía un tumor cerca del quiasmo óptico. El tumor  en sí era benigno, no había peligro de muerte, pero con el tiempo dañaría zonas muy importantes. Entonces había que sacarlo en algún momento. El sacarlo implicaba dejar ciego al niño. 
            Nuestra mayor preocupación era determinar el momento oportuno. Si se lo sacábamos en ese momento quedaba ciego inmediatamente, si uno lo sacaba demasiado tarde podía tener secuelas de otro tipo. Buscamos bibliografía e hicimos una serie de especulaciones y cálculos y llegamos a la conclusión que lo mejor era operarlo dentro de un año.
            Ésta fue la conclusión que orgullosos le presentamos a Gianantonio. Entonces él nos felicitó pero al mismo tiempo llevó nuestra mirada hacia el niño con la siguiente inquietud:
- ¿Se han preguntado cómo va a vivir este chico cuando quede ciego? ¿Qué cosas no se pueden aprender sino es con la vista? ¿Qué experiencias podríamos acercarle al niño este año? ¿Conocerá el mar este chico? ¿Será más fácil aprender Braille mientras uno ve que luego de quedar ciego?
            Creo que la anécdota habla por sí misma. Gianantonio entendía la salud como la posibilidad de que alguien pueda desarrollar su proyecto de vida y expresar su potencial al máximo. Eso hacía que los pacientes no olvidaran la consulta con Gianantonio. Quedaban con algo para toda la vida."

Doctor Osvaldo Agustín Blanco.

Extraído de “Hospital y Comunidad”. Hospital Italiano.  Volumen 5. Año 5. No. 5 Octubre-Noviembre 2002. ISBN9874353171. Informe y producción periodística Angel Jankilevich

lunes, 1 de septiembre de 2014

                                                                                                                       Hay que sacarlo todo afuera
                                                                                                                       como la primavera
                                                                                                                       para que adentro nazcan
                                                                                                                       cosas nuevas.
                                                                                                                                                  Piero


Me llamo María.

            Hacía muchos años que el Doctor Gianantonio atendía a mi hijo Ignacio, que padecía una severa parálisis cerebral.
            No había sido fácil ni para la familia, ni para Carlos, mi marido, ni para mí. Pero yo siempre sonreía tratando de mantenerme lo más entera posible. Por Ignacio. Él me necesitaba.Yo no prestaba atención a mis propios deseos, a mis propios cansancios y seguía haciendo todo lo posible para ayudar a mi hijo. Todo. Hasta que sucedió aquello de lo que no pude hablar por meses. Logré juntar un poco de coraje y fui a verlo al "Tano".
-         Doctor. Me ha pasado algo terrible, ya hace un tiempo, pero no se lo pude contar a nadie.
            Mi relato comenzó a fluir, primero avergonzado, luego incontenible, liberatorio.
-         Un día, mientras alimentaba a Ignacio perdí la paciencia y le pegué con una violencia tan incontrolable que le lastimé el labio. Cuando vi que salía sangre de su boca, me sentí horrorizada de mí misma, sin comprender cómo había sido capaz de semejante cosa.
Se hizo un silencio que me pareció eterno.
-         Doctor, usted no comprende...Yo lo quería matar...
Las palabras quedaron resonando en el consultorio mientras Gianantonio me miraba con esa adusta ternura tan típica de él y con voz de consuelo me dijo:
-         Esto debía suceder en algún momento, María. No se castigue más, porque no le va a volver a pasar. Vaya tranquila.
            Volví a casa a abrazar a mi querido hijo y a continuar con nuestra lucha. Nunca más sucedió. Nunca más.