Es
imprescindible retornar cuanto
antes
a nuestro compromiso con
la
vida y la felicidad, la nuestra
y
la ajena, con simplicidad y
firmeza.
Carlos
A. Gianantonio
Mi nombre es Teresa.
Agustín
y yo llevamos a Luisito al Doctor Gianantonio para ver qué pensaba de su problema gástrico.
Sus diagnósticos eran
famosos por lo certeros, por ser una mezcla de conocimiento y fina percepción.
La frase “me lo dijo Gianantonio” era un dictamen casi irrefutable, un aval en
sí misma. Cuando entramos a su
consultorio, recuerdo que puse mis manos crispadas de angustia sobre el
escritorio, junto con sobres llenos de radiografías, estudios, diagnósticos,
órdenes médicas. El Doctor Gianantonio los revisó con cuidado y concentración.
Sin
emitir palabra, examinó a Luis con delicadeza, casi a distancia, con una
sonrisa benigna, plasmada de respeto ante esa vida en estreno. Todo era
silencio y expectativa. Agustín y yo nos
tomamos de las manos apretadamente, como una cábala.
El
Doctor Gianantonio levantó la cabeza y en tono liviano, como adivinando el peso
de nuestra aflicción comentó: “Está todo bien”. Y luego de sugerir los pasos a
seguir para solucionar el problema de nuestro hijo y augurándonos buenos resultados
agregó, casi con orgullo de familia:
-
Además va a ser muy inteligente este niño.
Yo, más tranquila, me sorprendí ante estas
palabras y respondí con una pregunta:
-
¿Cómo puede saber eso si tiene apenas diez meses?
-
¿No ve el remolino que tiene aquí? - contestó, apuntando con su dedo
la cabecita de Luis, como prueba incontestable de
su afirmación.
Yo
sonreí, entre divertida y aliviada y Agustín se hinchó como un sapo, de orgullo
nomás.
Luisito debió atravesar varias operaciones reparatorias. Pero contaba con el amor y el
orgullo de sus padres. Y resultó ser muy inteligente...y difícil de peinar.
Muy buen Blog Felicitaciones, para su creadora.
ResponderBorrar¡Muchas gracias a mi primer comentarista!
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