domingo, 24 de agosto de 2014

                                                                 

                                                                  Cualquiera puede aniquilar lo infinito en un instante
                                                                                                                    Antonio Porchia



Soy Susana.

            Sentada en un añoso sillón de madera oscura instalado en la sala de espera, me dolía el vientre, tan tempranamente deshabitado. Recién había sido dada de alta: “Semiplena prueba de que su hijo tiene una enfermedad genética que, en términos simples, es la incompatibilidad con la vida. Un año de vida, como mucho”.
            Recordaba esa escena una y otra vez en sus más mínimos detalles...los médicos neonatólogos con sus graves miradas, las imágenes borrosas aún por la anestesia de la cesárea practicada a los seis meses de gestación, y esa luz tan blanca que me sumía en una oscuridad aún más patética...
            De pronto, se abrió una puerta y mi mente volvió al consultorio. Ahí estaba el Dr. Gianantonio.  ¿Así era el famoso doctor? Pero la rara mezcla de agudeza y bondad que vi en sus ojos, me hicieron confiar inmediatamente en él, por lo que le conté todo lo ocurrido.
-... Pablito aún está en la unidad de neonatología pero en la desesperación, tomé la historia clínica para mostrársela. Tome.
Él puso los papeles a un lado y dijo, “Dejemos esto para después. Cuénteme usted.”
-         Yo siento...¿cómo decirlo? ...que la vida está instalada en Pablito.
-         ¿Está usted produciendo leche para amamantarlo?
-         Sí.
Sólo en ese momento, tomó la historia clínica y luego de echarle un vistazo, dijo en forma campechana:
-         Mire señora, este diagnóstico es un disparate, pero usted ya está dañada de por vida y no va a creer lo que le estoy diciendo. Cuando su hijo tenga una tos, una simple tos, usted va a pensar que es el principio del fin . Mañana voy a verlo y le pido perdón en nombre de la medicina.
Al día siguiente, repitió estas palabras delante mío y de  los médicos que habían realizado el diagnóstico.
Hoy Pablito tiene diez magníficos años. Para nosotros, sus padres, él nace todos los días. Pero yo estoy siempre alerta, por si aparece esa tos, esa simple tos.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario