La ciencia ha madurado lo suficiente
como para respetar a la naturaleza.
Ilya Prigogyne
En un cálido
mediodía de verano, desnudo de sombras y empeños, Ana, la secretaria del Dr.
Gianantonio descansaba plácidamente en una silla de paja, de ésas que se ven en
todas las playas argentinas, tan coloridas e incómodas.
A
su lado, otra señora le conversaba de bueyes perdidos. Ana, no prestaba mayor
atención y cada tanto murmuraba un educado “Ajá”.
De
pronto, la verborrágica señora comenzó a hablar del Dr. Gianantonio.
-
Yo no sé porqué tanta historia con este doctor. Todo el mundo se llena
la boca diciendo que es una eminencia, que es lo mejor, que vienen de todas
partes a verlo, que plin, que plan, y sin embargo cuando Esteban, el más chico
mío estuvo tan mal el pobrecito, con unas ojeras hasta acá, pálido como la
muerte, fui a verlo. ¿Querés que te diga? No me pareció tan inteligente.
-
¿Qué te dijo? – preguntó Ana, que había sacudido su modorra.
-
Que lo llevase al verde. Eso me dijo nomás: ¡Al verde!
-
¿Y? ¿Lo llevaste?
-
Sí
-
¿Y?
-
Se curó.
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