Las cosas puramente bellas son
solitarias
como
el dolor del hombre.
Marguerite
Yourcenar
Ese
día había sido terrible en la unidad de neonatología del hospital. El lugar
parecía impregnado de desinfectante, angustia, urgencia.. No, en realidad era
un lugar de desinfectante, angustia y urgencia.
Las
incubadoras que contenían a esos chiquititos que aún deberían haber estado plácidamente abrigados en el vientre materno eran prisión y
salvación a la vez. Las madres y los padres, sorprendidos ante ese giro inesperado
de la historia, intentaban abrazar a sus hijos con el perfume, la mirada, la
canción. Trataban de aprender la destreza de las enfermeras al cambiar pañales,
colocar sondas, mover a sus hijos. Querían hacerlo ellos mismos. Estaban
alertas al paso del médico para preguntar ¿Cómo lo ve? O cualquier otra cosa,
con tal de calmar la ansiedad.
El
Doctor Gianantonio no tuvo resuello. Doctor por acá. Doctor por allá. Disculpe
Doctor...pero...permítame Doctor...Todo, todo parecía salido de cauce. Él , con
su habitual aplomo, atendía las inquietudes de profesionales y padres como si
cada uno de ellos fuera el único, el primero, el más necesitado.
Ya
alrededor de las diez de la noche y casi a regañadientes todo empezó a serenarse. Los ruidos se aquietaron, como así también el ir y venir de
médicos y enfermeras. La batalla cotidiana pareció tomarse una tregua y todo se acalló, salvo los bip-bip de los aparatos que custodiaban cada incubadora, creando una extraña
sintonía con el ritmo porfiado de la vida.
El
Doctor Gianantonio suspiró, cansado. Fijó su vista en el piso por unos segundos, luego, embebió un trapo en desinfectante y lenta, cuidadosamente, comenzó a limpiar el piso.
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