martes, 23 de septiembre de 2014

                                                                                                              La mujer cree en los milagros
                                                                                                              porque ella los hace.
                                                                                                                                             André Maurois


Mi nombre es Cristina

            Yo me casé muy joven y tuve mi primer hijo a los 20. Ignacio se llama.

            Nacho tenía cuatro años y ya lo habían operado un montón de veces de sus rodillas y sus pies. El pobre tenía que aguantar meses con unos yesos incómodos y molestos. Lo soportaba todo con una entereza increíble pero, claro, las heridas y los yesos dolían, y mucho.

            Cuando hubo que operarlo otra vez más, tendría cinco años en ese momento, le fui a preguntar al Dr. Gianantonio qué podía hacer con  los dolores.

-         Nachi se banca bien las operaciones – le dije – pero sufre mucho en los días siguientes y mientras tiene los yesos. No sé cómo hacer para que no le duela tanto. ¡Los calmantes no alcanzan!
-         Mire, yo en su lugar, tendría a mano un tecito o una golosina a la que usted le atribuya el poder mágico de aliviar el dolor, pero lo importante es que Ignacio sienta que se lo da como el último, el supremo recurso.
           
La verdad, yo no estaba muy convencida con lo que me dijo, pero igual, perdido por perdido, me dije, lo voy a intentar.

            Una vez en casa después de la operación, Nacho empezó a quejarse. Para mí, verlo sufrir y no poder hacer nada era lo peor que me podía pasar. Se me secaba la boca, se me hacía un nudo en el estómago y rezaba y rezaba con desesperación. Me acuerdo que ponía mi cabeza al lado de la suya para que me "pasara" el dolor a mí. ¡Loca estaba! Le di el calmante que me dio el cirujano y por suerte, el dolor disminuyó un poco pero Nachito, que no era de quejarse, seguía llorando. En ese momento, junté coraje y, tratando de sonar convincente, le dije:

-         Bueno Nachi, creo que te duele tanto que te voy a dar un té muy especial para curar los dolores, pero tenés que tomarlo traguito a traguito para que te haga efecto.

            Nachito me miró ilusionado y estaba muy ansioso: quería que le preparara el té cuanto antes. Se lo llevé en una taza de porcelana lindísima que había heredado de mi abuela. Lo hice todo como un rito. Cuando terminó de tomarlo, se acostó en la cama y empezó a respirar más tranquilamente.

            La mañana nos sorprendió apaciblemente abrazados y dormidos.


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