lunes, 22 de septiembre de 2014

                                                                    Un gran hombre sólo tiene una preocupación:
                                                                     hacerse lo más humano posible.
                                                                                                                   André Gide                                                   
                                                                                                                          



Mi nombre es Martina.
Habían pasado quince días desde la operación de Gabrielita. Una de las tantas a las que había sido sometida en sus escasos cinco años. Yo no podía creer que ya todo había pasado. Los riesgos, los miedos, los dolores, las noches de vigilia, la soledad del hospital por la noche. La noche. Pensé en la noche como un hada perversa que llena de orfandad a todos los  que comparten el desvelo.
            Cuando la llevé para el control, con la esperanza de que me dieran permiso para pasearla, escuché con estupor que había que intervenirla nuevamente... y en forma inmediata. La pesadilla otra vez.
               Con infinita zozobra, recurrí al Dr. Gianantonio, que ya estaba al tanto de lo ocurrido.
-         Mire señora, esta intervención ha tenido malos resultados. Debemos sacar a su hija de esta situación, y cuanto antes, mejor. Ella tiene suficiente salud física y emocional para resistirlo - dijo, interpretando mis miedos.
Vencida, le dije al doctor que quería sacar a Gabriela cuanto antes del hospital después de la operación.
-         Se lo prometo – fueron sus palabras.
Pasados dos días de la segunda operación, llamé al médico de guardia y le pedí que le
sacara el suero a Gabriela. Nos vamos, le dije.
-         No, señora. Es imposible.
-         Nos vamos- insistí.
El Dr. Gianantonio, que acababa de entrar, fue directamente a revisar  a Gabrielita y dijo:
-         Sáquenle el suero. Esta niña se va. – ante la atónita mirada del médico de guardia.
Cuando llegamos a casa, las paredes estaban cubiertas de guirnaldas y de carteles que

decían “Bienvenida, Reina”. Y Gabrielita comenzó a sonreír otra vez.

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