Un gran hombre sólo tiene una preocupación:
hacerse lo más humano posible.
André Gide
Mi nombre es Martina.
Habían pasado quince días desde
la operación de Gabrielita. Una de las tantas a las que había sido sometida en
sus escasos cinco años. Yo no podía creer que ya todo había pasado. Los
riesgos, los miedos, los dolores, las noches de vigilia, la soledad del
hospital por la noche. La noche. Pensé en la noche como un hada perversa que
llena de orfandad a todos los que
comparten el desvelo.
Cuando la llevé para el control, con la esperanza de que me dieran permiso para
pasearla, escuché con estupor que había que intervenirla nuevamente... y en
forma inmediata. La pesadilla otra vez.
Con infinita zozobra, recurrí al Dr. Gianantonio,
que ya estaba al tanto de lo ocurrido.
-
Mire señora, esta intervención ha tenido malos resultados. Debemos sacar
a su hija de esta situación, y cuanto antes, mejor. Ella tiene suficiente
salud física y emocional para resistirlo - dijo, interpretando mis miedos.
Vencida, le dije al doctor que quería sacar a
Gabriela cuanto antes del hospital después de la operación.
-
Se lo prometo – fueron sus palabras.
Pasados dos días de la segunda
operación, llamé al médico de guardia y le pedí que le
sacara el suero a Gabriela. Nos vamos, le
dije.
-
No, señora. Es imposible.
-
Nos vamos- insistí.
El Dr. Gianantonio, que acababa de entrar,
fue directamente a revisar a Gabrielita y
dijo:
-
Sáquenle el suero. Esta niña se va. – ante la atónita mirada del
médico de guardia.
Cuando llegamos a casa, las
paredes estaban cubiertas de guirnaldas y de carteles que
decían “Bienvenida, Reina”. Y Gabrielita
comenzó a sonreír otra vez.
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