viernes, 5 de septiembre de 2014

                                                                                                              Si mirásemos siempre al cielo
                                                                                                              acabaríamos por tener alas.
                                                                                                                             Gustave Flaubert



Soy Lucrecia

            Era mi segundo hijo ¿Cómo podía ser tan diferente al primero que era tan bonito, tan sano? No, este bebe no existe. Esto es un sueño. Esto no es verdad. Éste lo salteo y tengo otro. “Las fisuras del paladar se operan ¡Si hasta hubo un presidente con eso, por favor!”, me decían para consolarme. ¿Por qué me casé con Juan? ¿Por qué habré entrado a la sala de rayos aquella vez estando embarazada? Mi cabeza era como un remolino de pensamientos oscuros, patéticos, preguntas sin respuestas, culpas.

            Y la realidad se fue instalando poco a poco. La fisura de labio y paladar de Juancito era, dentro de su patología, la más compleja. Yo lo sacaba a pasear boca abajo para que nadie lo mirara.
- Pensá que tiene el corazón sano – le decía su pediatra.
- Pero el corazón no se ve.

            Yo lo comparaba con Tomás, mi primer hijo, y notaba que iba más despacio en su desarrollo: apenas crecía, comía poco, se movía lentamente. Sin darme cuenta, comencé a sospecharlo. Es sordo. ¿No será autista? Debe ser genético...

            Hasta que tomé una hora con el famoso Dr. Gianantonio. Como siempre, bañé a mi hijo, lo vestí todo almidonado, le puse colonia y lo llevé al consultorio. Luego de la revisación, me preparé para el veredicto.
-         Nicolás sólo tiene que ser operado de su malformación. Es muy sano y muy inteligente, pero ha sufrido mucho, física y emocionalmente. Desde que nació este niño vio mucho dolor en sus ojos, señora, el dolor de la no aceptación. Él no crece porque no quiere crecer. Deje de limpiarlo y pulirlo. Acéptelo así. Deje que juegue como él quiera, que se ensucie. Déle tiempo. Confíe en él.

            Cuando salí del consultorio, nutrida de asombros, busqué con urgencia el espejito dentro de mi cartera, y al contemplar mi mirada, descubrí que el Dr. Gianantonio tenía razón. Ese día cambié. Cambié para siempre, y para bien de Juancito, que ya se casó y tiene tres hijos.


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