sábado, 13 de septiembre de 2014



                                                                                                    La vida tiene su valor sólo cuando hacemos
                                                                                                     que valga la pena vivirla.
                                                                                                                                                             Hegel

Soy Mónica

            Imagino que no es lo habitual que se presente un papá solo a la consulta, pero justo ese día yo estaba enferma y entonces fue Alberto, mi marido, que después me contó la entrevista. Según Alberto, el Dr. Gianantonio se dio cuenta inmediatamente de que estaba desbordado por la angustia. Aunque es un hombre alto y elegante y ese día llevaba un traje impecable, yo que lo conozco sabía que estaba tan armado por fuera como desarmado por dentro.

            Nuestro hijo había nacido con un sindrome genético bastante desconocido, con lo cual no se podía saber a ciencia cierta cuál sería su futuro. Alberto entró en el consultorio como una tromba, y apenas se sentó, comenzó a drenar su frustración, su dolor y su miedo.

            El doctor lo escuchó sin interrumpirlo y hasta lo alentó a que dijera todo lo que sentía. Cuando se produjo el primer silencio, nada dijo. Alberto retomó su relato como si no hubiera sido suficientemente clara la forma de expresar su desesperación. Luego de unos segundos de silencio, el Dr. Gianantonio lo miró fijamente a los ojos, con ese respeto humano que siente sólo aquél que verdaderamente empatiza con el otro y simplemente le dijo:
-         Tranquilo. Vamos a acompañar a Carlitos en su desarrollo y se hará todo lo necesario para ayudarlo.
Y agregó como distraídamente:
- ¿Sabe Alberto? Hay dos maneras de sufrir: Sufrir bien o sufrir mal y vale la pena afiliarse a la más útil, créame.

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