La vida tiene su valor sólo
cuando hacemos
que
valga la pena vivirla.
Hegel
Soy Mónica
Imagino
que no es lo habitual que se presente un papá solo a la consulta, pero justo
ese día yo estaba enferma y entonces fue Alberto, mi marido, que después me
contó la entrevista. Según Alberto, el Dr. Gianantonio se dio cuenta
inmediatamente de que estaba desbordado por la angustia. Aunque es un hombre alto y elegante y ese día llevaba un traje impecable, yo que lo conozco sabía que estaba tan
armado por fuera como desarmado por dentro.
Nuestro
hijo había nacido con un sindrome genético bastante desconocido, con lo cual no
se podía saber a ciencia cierta cuál sería su futuro. Alberto entró en el consultorio como
una tromba, y apenas se sentó, comenzó a drenar su frustración, su dolor y su
miedo.
El
doctor lo escuchó sin interrumpirlo y hasta lo alentó a que dijera todo lo que
sentía. Cuando se produjo el primer silencio, nada dijo. Alberto retomó su
relato como si no hubiera sido suficientemente clara la forma de expresar su
desesperación. Luego de unos segundos de silencio, el Dr. Gianantonio
lo miró fijamente a los ojos, con ese respeto humano que siente sólo aquél que
verdaderamente empatiza con el otro y simplemente le dijo:
-
Tranquilo. Vamos a acompañar a Carlitos en su desarrollo y se hará
todo lo necesario para ayudarlo.
Y agregó como distraídamente:
- ¿Sabe Alberto? Hay dos maneras de sufrir:
Sufrir bien o sufrir mal y vale la pena afiliarse a la más útil, créame.
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