Las ideas deben estar
constantemente
puestas
al servicio del consuelo
José Ma. Cabodevilla S.J.
Mi nombre es Inés.
Yo
sabía que tenía una especie de código en común con el Doctor Gianantonio: El
del humor. Sabía, además, que contaba con él.
Tengo
una hija que nació con una enfermedad crónica que la obligaba a un control
médico constante. Lo más difícil para mí era tratar de mantener en su espíritu
el candor, la confianza y la alegría de la niñez. Tenía siempre presentes esas
palabras tan repetidas por el Doctor: "En la infancia perdida de Judas,
Cristo fue traicionado”.
Al
principio, tuvimos que realizar innumerables consultas médicas con
especialistas. Yo me sentía abrumada y en uno de mis habituales impulsos, me fui
al consultorio. El Doctor Gianantonio me hizo pasar inmediatamente.
-
Doctor. Usted es un problema para mí – le dije con cara de risueño
enojo.
-
¿Yo? ¿Qué le hice que no me di cuenta?
-
Es que usted me deriva a los especialistas y cuando me preguntan quién
me manda y se enteran de que es usted, me llenan de estudios para hacerle a
Mariana, y a esta altura, me pregunto si se trata de celo profesional o de
“hacer los deberes” con usted. Pero en el medio está mi hija, cada vez más
cansada, más aterrada, más deprimida.
-
Comprendo. A ver. Muéstreme los estudios que le encargaron.
Una vez analizados, el Doctor me dijo
-
Señora, le agradezco que haya venido, porque yo no me daba cuenta de
que esto podía suceder y de ahora en más lo tendré muy presente. En medicina, se
le llama iatrogenia y la debemos evitar. Hoy voy a hablar con mi colega porque
creo que sólo se necesita un estudio ¡Y perdóneme por favor, por haberle
causado problemas!
Recuerdo cómo nos reímos los dos.
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