Hay que sacarlo todo
afuera
como la primavera
para que adentro nazcan
cosas nuevas.
Piero
Me llamo María.
Hacía
muchos años que el Doctor Gianantonio atendía a mi hijo Ignacio, que padecía
una severa parálisis cerebral.
No
había sido fácil ni para la familia, ni para Carlos, mi marido, ni para mí.
Pero yo siempre sonreía tratando de mantenerme lo más entera posible. Por
Ignacio. Él me necesitaba.Yo no prestaba atención a mis propios deseos, a mis
propios cansancios y seguía haciendo todo lo posible para ayudar a mi hijo.
Todo. Hasta que sucedió aquello de lo que no pude hablar por meses. Logré juntar un poco de coraje y fui a verlo al "Tano".
-
Doctor. Me ha pasado algo terrible, ya hace un tiempo, pero no se lo
pude contar a nadie.
Mi
relato comenzó a fluir, primero avergonzado, luego incontenible, liberatorio.
-
Un día, mientras alimentaba a Ignacio perdí la paciencia y le pegué
con una violencia tan incontrolable que le lastimé el labio. Cuando vi que salía
sangre de su boca, me sentí horrorizada de mí misma, sin comprender cómo había
sido capaz de semejante cosa.
Se hizo un silencio que me pareció eterno.
-
Doctor, usted no comprende...Yo lo quería matar...
Las palabras quedaron resonando en el
consultorio mientras Gianantonio me miraba con esa adusta ternura tan típica de él y con voz de consuelo me dijo:
-
Esto debía suceder en algún momento, María. No se castigue más, porque no
le va a volver a pasar. Vaya tranquila.
Volví a casa a abrazar a mi querido hijo y a
continuar con nuestra lucha. Nunca más sucedió. Nunca más.
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